Días de días…
Hay días en los que la molestia logra disfrazarse detrás de voces y sus inútiles comentarios. Son días en los que cualquier ruido se convierte en una aguja aguda para clavarse en la sien. Segregan los oídos un humo ceniciento y es probable que una que otra mirada despectiva se le salgan a los ojos. Esos días donde sólo el silencio es capaz de calmar, quizá, el desprecio por el otro. En parte, comentarios y pensamientos llegan a hacer análisis del comportamiento del yo. Probablemente se unan los sentimientos externos con los internos y esta mezcla explosiva crea un sinfín de temores ardientes que se convierten en desagrado para poder ser todo un solo y enorme inconveniente de mediodía. Y la verdad es que me importa un pito si la poceta no baja, y sinceramente me molestan los tonos desafinados convencidos de seguir el ritmo igual, o hasta mejor, que el del vocalista que excreta la corneta pixelada. Podría todo esfumarse en un segundo y eso me encantaría, ciertamente hay días en los que ni al espejo queremos mirar.
